Lo que los relojeros, diseñadores, ingenieros y fabricantes de herramientas logran aquí son cosas que sus compañeros en otras partes del mundo luchan por conseguir. En Glashütte se han fabricado relojes a lo largo de muchas generaciones, en concreto desde 1845. Relojes con muchas características únicas, y siempre de la más alta calidad. Relojes que llevan en su interior la pasión por la artesanía y la tradición, y, aun así, siempre resultan contemporáneos: relojes para la vida.

Esta región ha vivido de la minería desde el siglo XV. Pero, cuando la plata y el cobre del subsuelo empezaron a agotarse, la desesperación empezó a cernirse sobre la comunidad. Entonces, en 1845, el rey Federico Augusto II de Sajonia mandó al maestro relojero Ferdinand Adolph Lange a Glashütte con el cometido de llevar a la ciudad a una nueva era: debía enseñar a sus gentes a fabricar relojes y establecer una industria similar a la de los suizos, con ingenieros y fabricantes de herramientas, esferas, manecillas y cajas. La producción debía basarse en la división de tareas.

Por desgracia, las dos Guerras Mundiales y el periodo de la República Democrática Alemana perjudicaron gravemente a Glashütte y a su industria. No obstante, el conocimiento y la experiencia lograron pervivir e incluso crecer. Desde 1845, el nombre de esta pequeña ciudad se identifica con los mejores relojes del mundo, y su renombre es mayor ahora de lo que lo ha sido nunca.